Había veces que me mordía la lengua y me guardaba esa frase con tal de no discutir.
Otras, la verbalizaba después de colgar el teléfono cuando estaba con mi grupete de amigas y había otras que, si tenía mucha confianza con esa persona, se lo confesaba directamente:
“Javi, quiero ser ya mayor y adulta. Quiero ser libre. Estoy harta de las discusiones con mis padres. Cuando cumpla los 18, ya verás”.
Javi era mi jefe de estudios del instituto y un día se me acercó y me dijo con seriedad:
«Coral, quiero hablar contigo. Nos veremos mañana a las 11 en la cafetería. Ya he avisado a la profesora de Historia de que no irás a su clase porque estarás reunida conmigo».
Para cuando él iba por “he avisado a la…” la voz de la culpa y del miedo ya estaba martilleando en mi cabeza:
“Mierda, qué he hecho ahora. La he vuelto a cagar.
¿Otro parte de incidencia?, ¿otra reunión entre mis padres y el director?, ¿expulsión?, ¿faltas de asistencia?
¿Qué querrá?”
Tragué la incertidumbre y acepté con angustia su propuesta.
Al día siguiente nos encontramos él y yo solos en la cafetería.
Fue listo porque me citó a propósito en una hora que no coincidiera con el recreo para así eliminar el ruido y cualquier distracción que pudiera impedir lo que él quería conseguir conmigo.
Me preguntó por lo que me apetecía tomar y yo le contesté que una chocolatina. Él se pidió un café con leche.
En cuanto la camarera dejó en la barra lo que habíamos pedido, yo noté que quedaban segundos para soltarme la bomba.
Era inminente.
El castigo, la regañina, el juicio, la reprimenda… estaban al caer y los nervios me subían por la parte trasera de mis piernas como las burbujas por la copa de champán.
Mira que ya había pasado por unas cuantas de estas pero, nada, que no me acostumbraba.
De pronto me miró a los ojos y me preguntó:
«¿Cómo estás, Coral?»
Yo contesté con cierta inseguridad y sospecha, alargando lentamente las sílabas. No me fiaba. Ningún adulto quedaba conmigo para interesarse por mí.
Solo lo hacían para pedirme explicaciones sobre algo malo que yo había hecho y, entonces, imponerme un castigo.
Pero en cuanto vi que él me escuchaba con los ojos y que no me cortaba, noté que algo estaba yendo por un sitio nuevo y, sobre todo, por un sitio que no había imaginado horas antes.
Así que, le fui muy sincera y él escuchó el chaparrón de una quinceañera con muchas ganas de ser comprendida.
Señalé a culpables con tal de que cada uno se hiciera responsable de lo suyo y así el sistema familiar en casa se ordenara y se saneara.
Le grité mi dolor y mi impotencia en forma de queja.
Y le reconocí que me seguiría saltando los prohibidos que necesitara saltarme.
Cuando acabé de llorar me di cuenta de una cosa que era muy importante para mí:
Si Javi me había estado escuchando es porque no me estaba dando por imposible.
¡Ostras!, que a lo mejor, yo no era tan mala como me habían hecho creer.
A diferencia de otros, él no me daba por muerta.
Mientras mis padres y otros profesores luchaban contra mí y tiraban la toalla, mi jefe de estudios me invitaba a desayunar.
Sentí que yo no era un caso perdido y que podía llevarme bien con las personas.
Y esto para mí era como sacar la cabeza del agua y respirar.
Bien, ¿Qué hizo Javi que no hacían los demás y que a ti te puede interesar para tener relaciones satisfactorias?
Javi, supo leer a una alumna problemática y nuestra relación dio un gran fruto:
Que al menos, yo no me convirtiera en peor alumna y en peor persona conforme pasaban los días dentro de aquel instituto.
Javi entendió que yo lo único que necesitaba era poder comerme una chocolatina con alguien mayor que yo y con más autoridad que yo.
Supo que ese momento chocolatina simbolizaba la atención y la escucha que no estaba recibiendo por parte de mi madre y por parte de mi padrastro que, por cierto, también se llamaba Javier.
Javi hizo el papel del Javier que yo necesitaba.
¿Y por qué lo hizo tan bien?
Porque sin que yo me diera cuenta, le contesté a 3 preguntas que me planteó.
3 preguntas muy sencillas con las que vas a solucionar algunos de los problemas que tienes cuando te relacionas con tu pareja, con tu jefe o con tu prima.
Y que las puedes descubrir si te suscribes gratis aquí:
Estos emails ni pertenecen ni sustituyen a un proceso terapéutico psicológico.